Doi: https://doi.org/10.17398/2340-4256.15.579

 

ECOS UNIVERSITARIOS DE DEVOCIÓN MARIANA EN LA PERIFERIA DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA DURANTE LA EDAD MODERNA

 

UNIVERSITY ECHOES OF MARIAN DEVOTION ON THE PERIPHERY OF THE HISPANIC MONARCHY AT THE EARLY MODERN AGE

 

 

Francisco Javier Rubio Muñoz

Universidad de Salamanca

 

 

 

Recibido: 31/06/2019  Aceptado: 23/09/2019

 

Resumen

Durante buena parte de la Edad Moderna, la Universidad de Salamanca fue el centro de educación superior más importante de la Monarquía Hispánica. Su influencia quedó plasmada no sólo en el imaginario colectivo, sino también a través de una simbología cuya expresión plástica fue muy intensa en Salamanca y otras ciudades no necesariamente universitarias. El objetivo de esta investigación es ahondar en el significado de emblemas como el vítor, un símbolo relacionado, en principio, con la vida académica pero que también va a adquirir una dimensión religiosa en esta época. Metodológicamente se aborda el análisis iconográfico de este tipo de grafismos a partir de un caso que, paradójicamente, no se encuentra en la ciudad salmantina, si bien su influencia es evidente. Para ello se han utilizado fuentes documentales e iconográficas, primarias e impresas, relacionadas con la devoción y el fervor inmaculista del siglo XVII en España. En definitiva, se pone de relieve la irradiación de un fenómeno cuya doble vertiente, universitaria y mariana, quedó plasmada en lugares periféricos relativamente lejanos al Studium Salmanticensis.

Palabras clave: Arte religioso, Historia moderna, Historia religiosa, iconografía, Inmaculada Concepción, Monarquía Hispánica, Universidad de Salamanca, vítor.

 

Abstract

The University of Salamanca was the most important center of higher education in the Hispanic Monarchy for much of the Modern Age. Its influence was reflected not only in the collective imagination, but also through a symbolism whose artistic expression was intense in Salamanca and other cities. The main objective of this research is to address the meaning of emblems such as ‘vitor’, a symbol linked, in principle, to university life, although it will also acquire a religious dimension at this time. From the methodological point of view, this article deals with the iconographic analysis of this type of graphics from a case that, paradoxically, is not found in the city of Salamanca, although its influence is evident. To achieve this, primary and printed documentary and iconographic sources have been used, all related to the immaculistic devotion and fervor of the 17th century in Spain. In short, it aims to highlight the irradiation of a phenomenon whose double aspect, university and religious, was reflected in peripheral places relatively distant from the Studium Salmanticensis.

Keywords: Religious art, Modern history, Religious history, iconography, Immaculate Conception, Spanish Monarchy, University of Salamanca, vítor.

 

 

“¡Vítor la Virgen, señores, concebida sin pecado!”.

[Lope de Vega, La limpieza no manchada, 1618]

 

I. La Universidad de Salamanca y su universo simbólico en la Edad Moderna

Las estructuras mentales y culturales de cada época quedan reflejadas en las manifestaciones iconográficas que son producidas dentro de una sociedad. En la Edad Moderna, la conciencia del tempus fugit se entreveraba con el sentimiento religioso, algo que quedó plasmado en el universo simbólico del momento. Y es que la necesidad de dejar un nombre para las generaciones venideras fue cada vez más evidente, sobre todo si se había ascendido socialmente a través de los mecanismos disponibles[1].

Efectivamente, desde finales del Medioevo se asistió a un paulatino proceso de transformación de las formas de promoción social, muy vinculado a la consecución de méritos intelectuales que alcanzaron una extraordinaria relevancia. Así, el cursus honorum originado por los estudios universitarios era equiparable, como mínimo, a los méritos militares. Una controversia, la de las letras versus armas, que Cervantes puso en boca de don Quijote, algo que refleja su omnipresencia durante el periodo moderno.

En este contexto, las universidades jugaron un papel esencial, lo cual explica su proliferación en el ámbito hispánico desde el siglo XVI. Al terminar la Edad Media, el naciente Estado moderno fundamentó sus bases en un complejo sistema burocrático y administrativo que ejecutaba la autoridad del monarca. Desde los Reyes Católicos, los monarcas fueron reforzando paulatinamente su posición incorporando a su servicio no sólo a la nobleza, sino también a un cuerpo de letrados, que, gracias a su formación universitaria, conseguirán ocupar un papel importante en la toma de decisiones[2]. Así pues, la conformación de la denominada Monarquía Hispánica fue el resultado de un proceso en el que las universidades, sobre todo la de Salamanca, fueron el instrumento principal para dotar al sistema de un aparato burocrático y administrativo de servidores fieles e instruidos. Esto era perceptible por coetáneos como Gil González Dávila, quien, al hablar en 1606 de la Universidad de Salamanca, decía que “toda España la respecta y reverencia tanto, que a ella sola se acude a pedir leyes, consejos y derechos para bien vivir y gobernar, sacando de aquí hombres para el gobierno de sus Reynos y Monarquía”[3]. Se entiende, pues, la proliferación de estas instituciones de educación superior, cuyo crecimiento fue exponencial con respecto a sus precedentes medievales.

El Estudio salmantino asumió un papel predominante, entre otros motivos, por ser el alma mater de las universidades hispanas y por contar con una trayectoria de varios siglos desde su fundación en 1218. No obstante, su etapa de esplendor coincidiría, a grandes rasgos, con los reinados de Felipe II (1556-1598) y Felipe III (1528-1621), lo cual quedó reflejado en varios hechos. Por un lado, el crecimiento de la matrícula estudiantil en el último cuarto de siglo dio lugar a que fuera la universidad más numerosa de su tiempo, tanto en Europa como en América. Por otro lado, la importancia de sus estudios, principalmente jurídicos y teológicos, pero también filológicos, tuvo una doble consecuencia: en el plano institucional, la generación de un cuerpo de burócratas servidores del Estado y la Iglesia en sus muy diversas áreas; en el cultural, la convergencia de intelectuales como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Fray Luis de León o El Brocense, por citar algunos[4].

El ámbito universitario también forjó una simbología que adoptó morfologías diversas, entre las que cabe destacar el denominado vítor. Se trata de un emblema compuesto por las letras de la palabra vítor que se superponen unas encima de otras, cuyo origen podría remontarse hasta la época clásica con relación a ciertos restos propagandísticos conservados en Pompeya[5]. Parece ser que se recuperarían durante el Renacimiento siguiendo la estela de los Triunfos de Petrarca, de modo que en Salamanca comenzarían a utilizarse en el siglo XV, un momento en el que el papa Luna favorece especialmente a la Universidad; tanto así que el emblema de su escudo papal (la media luna con los cuernos descendentes) se incorporaría al símbolo del vítor[6].

El vítor podía referirse a una persona de la que también suele quedar constancia de su nombre y/o apellidos, muy frecuentemente escritos de forma abreviada. Normalmente aparecen en lugares visibles, acompañados de otros símbolos que completarían el acto de rotular, que es como se denominaba en la época al momento en el que se pintaban estos grafismos. Plumas o palmas y espadas, escudos de los diversos colegios mayores o menores, símbolos marianos, letras capitales de diversas naciones o grupos de estudiantes según un origen geográfico o incluso dibujos burlescos completan este aparato simbólico[7]. En cuanto a su composición, carecemos de un estudio pormenorizado que haya analizado los pigmentos, si bien los últimos trabajos indicarían que se realizaban con almagre entre otros elementos[8].

En cuanto a la común relación directa y unívoca que tradicionalmente se ha hecho entre el vítor y el acto de doctoramiento, las últimas investigaciones apuntan en un sentido diferente. En el caso salmantino, el análisis de los individuos vitoreados y la documentación de la época indica que la mayor parte de los homenajeados con un vítor no respondía a los fastos de la consecución de un grado, sino más bien a otros actos académicos como la obtención de cátedras u otros puestos universitarios[9]. En ellos tendría un papel clave la natio del catedrático, un grupo de apoyo de estudiantes que, según Covarrubias, solían realizar “cierta manera de triunfo y vitoria en las universidades que lleva[ba]n en hombros al catredático sus apasionados y devotos” y que en no pocas ocasiones terminaba de forma conflictiva con otras naciones mismamente a la hora de rotular[10]. Los vítores también tendrían algún nexo con otros cargos y actos académicos e, incluso, con el nombramiento de oficios en la Iglesia o el Estado. Esto explicaría la aparición de vítores en núcleos urbanos que no albergan universidades, si bien, por norma general, hacen mención de individuos que habrían cursado estudios superiores, una característica cada vez más extendida entre quienes lograban medrar en la sociedad moderna.

 

II. El vítor: de emblema académico a iconografía mariana

Desde el siglo XVII, la Universidad de Salamanca se vio directamente afectada a nivel institucional por la controversia en torno a la Inmaculada, algo que redundó en algunas de sus manifestaciones simbólicas como los vítores. Los cambios no afectaron al patrón de representación ni al carácter laudatorio de estos grafismos, sino más bien a la introducción de nuevos emblemas y significados de índole religiosa, principalmente relacionados con María. Todo este proceso fue síntoma de la evolución de la propia definición teológica de la Virgen, cuya representación iconográfica y literaria había ido perfilándose desde la Edad Media según diferentes concepciones.

 

1. María Inmaculada como mulier amicta sole

La iconografía inmaculista fue el producto de un largo proceso histórico en el que hay que destacar la relación que se fue forjando entre dos elementos fundamentales: María y el Sol. Este vínculo reflejaba una forma de devoción e iconografía mariana bastante difundida desde época medieval, aunque no sería hasta finales del siglo XVI cuando se identificaría a la Mulier amicta sole del Apocalipsis con la Inmaculada Concepción[11]. Posteriormente, conoció una expansión en el siglo XVII al calor del fervor concepcionista cuya defensa sería asumida por diferentes teólogos e instituciones de la época, entre las que cabe destacar la propia Universidad de Salamanca.

La identificación de María como la mujer descrita en el Apocalipsis[12] proviene de la tradición oriental, siendo la primera representación en occidente la del Apocalipsis del Beato de Liébana (siglo VIII) vinculándose posteriormente a diferentes advocaciones marianas como la Asunción o el Rosario[13]. Efectivamente, la liturgia de la festividad de María Asunta al cielo (15 de agosto), incluye, desde época de san Bernardo de Claraval (1090-1153), la lectura de dicho pasaje del Apocalipsis, como muestra uno de los sermones del santo para dicha celebración. En el texto, san Bernardo apostillaba “mira omnino vicinitas solis et mulieris[14].

No obstante, la visión más estricta de la tradición bernardina prohibía la representación iconográfica del limbo solar vinculado a María, algo que fue poco observado por pintores y miniaturistas. En efecto, desde el siglo XIV, los rayos solares junto a la imagen de María aparecen caracterizando su versión apocalíptica de tal modo que en las centurias siguientes fueron cada vez más frecuentes las imágenes de orantes frente a una visión de la imagen de Maria in Sole en las miniaturas de los libros devocionales, retablos e imágenes; algo definido como un verdadero mass media en la época[15].

Al concluir la Edad Media todavía no existía una separación en la iconografía del misterio de la Asunción y la de la Inmaculada Concepción. Prueba de ello fue la actitud del papa Sixto IV a propósito de la institución, en 1476, de la festividad de la Inmaculada Concepción para el día 8 de diciembre. El pontífice otorgó numerosas indulgencias, entre las que se le atribuye una de 11000 años a quien rezase “ante ymaginem marie virginis in sole”[16]. Con todo, la Asunción de María en su representación apocalíptica se expandió a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI[17]. No será hasta finales del quinientos, una vez concluido el Concilio de Trento, cuando se defina un modelo inmaculista, que combinaba la representación de María amicta sole con elementos vinculados a la concepción sine macula de la Virgen, en alusión al Eclesiástico “Ab initio ante saecula creata sum”[18].

No sólo la iconografía recogió esta definición mariana, sino también la literatura del siglo de Oro se hizo eco de obras en las que María se vincula al astro rey en diversas variantes, destacando la metáfora de la Virgen superando o venciendo al sol en diversas cualidades como la belleza, brillo, luz…[19] Algunos ejemplos pueden encontrarse en autores de la segunda mitad del siglo XVI, como fray Luis de León, catedrático de la Universidad de Salamanca. El fraile agustino, en su “Octava a Nuestra Señora”, describía a María superando al sol en hermosura[20], un recurso similar al de su oda titulada “A Nuestra Señora, escrita durante su estancia en prisión (1572-1576); en ella se incide en la idea de María como modelo de pureza por encima del sol además de hacer una clara alusión a la Inmaculada Concepción[21]. De forma coetánea a fray Luis también se recoge la idea de María venciendo al sol en Sebastián de Córdoba (1575), quien en uno de sus sonetos pone en boca del Padre Eterno las instrucciones que daría al arcángel San Gabriel para anunciar a la Virgen que concebiría Jesús por obra del Espíritu Santo[22]. Pocos años después, Lope de Vega, quien dedicó numerosos versos a la Virgen María, utilizaba la figura del sol vencido de forma recurrente en los versos titulados “El nacimiento del señor Jesús” (1612)[23].

Sin salirnos de esta identificación mariana y solar, resultan elocuentes algunas obras dotadas de un aparato iconográfico comentado en donde María aparece directamente identificada con el sol, como la de Pedro de Alva y Astorga, teólogo franciscano que en su época fue uno de los más arduos defensores de la Inmaculada Concepción. El padre Alva escribió “Sol Veritatis (1650), un tratado sobre dicho dogma que justifica sus tesis sobre el nacimiento de María sin pecado original apoyándose o rebatiendo las ideas de otros autores[24]. Iconográficamente, el libro se abría con una compleja alegoría en donde aparece María como sol de justicia, en referencia a la profecía de Malaquías, “et orietur vobis timentibus nomen meum Sol Iustitiae et sanitas in pennis eius”[25] (Imagen 1). También del mismo autor es la obra Radii Solis zeli seraphici coelis veritatis en la que igualmente hace una comparación entre María y el Sol, los símbolos del zodiaco y su defensa por la orden franciscana (Imagen 2)[26].

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Imagen 1. Inmaculada como Sol iustitiae según la obra de Pedro de Alva y Astorga titulada Sol Veritatis (1660). Universidad de Granada (http://digibug.ugr.es/handle/10481/5181).

 

 

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Imagen 2. Alegoría de la concepción sin mancha de la Virgen María como sol radiante en la obra Radii Solis de Pedro de Alva y Astorga (1666). Biblioteca Digital de Castilla y León (http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=31336)

 

En la misma línea hay que mencionar también la obra del agustino Joannes de Leenheer, titulada “Virgo María Mystica” (1681) y enteramente dedicada a la imagen de María y su relación con el sol, cuyos emblemas se adornaban con el anagrama mariano en el centro de un sol y las palabras de San Bernardo[27] (Imagen 3).

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Imagen 3. Emblema primum “Omnes thesauri sapientiae et scientiae in Maria”, de la obra “Virgo Maria Mystica” de Johannes de Leenheer (1681), con el símbolo mariano en el centro solar. Original de la Biblioteca Pública de Lyon.

 

2. La conversión del símbolo universitario en iconografía mariana

Los ejemplos mostrados son algunas referencias que nos hablan de un modelo mariano en el que confluyeron la mujer del Apocalipsis y la Inmaculada, el cual se extendió por la Monarquía Hispánica a comienzos del siglo XVII al hilo del fervor concepcionista profesado por todos los estamentos sociales[28]. Esta representación devocional llegó a calar hondo, incluyendo instituciones como las universidades del ámbito hispánico. Concretamente, la Universidad de Salamanca defendió a ultranza este dogma, no sólo por un fervor religioso, sino como muestra de la estrecha relación que guardaba con la Monarquía[29]. En 1617 el rey Felipe III se dirigía a las universidades para que intercediera ante la Santa Sede en favor de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, algo que, en el caso de Salamanca, se acató de inmediato[30].

Para mostrar su apoyo a la postura real, el claustro universitario aprobó hacer un estatuto que fijó, en abril de 1618, un voto de juramento de defender la Inmaculada Concepción obligatorio para todos los que se graduasen entre sus muros; los maestros fray Agustín Antolínez, fray Pedro de Herrera, fray Luis Bernardo y el doctor Antonio Pichardo se encargaron de redactarlo[31]. La adhesión de la Universidad al dogma inmaculista fue motivo de grandes celebraciones organizadas por el propio Estudio, algo que consideramos como un punto de inflexión en el cambio iconográfico del vítor. En efecto, los fastos motivados por la fusión del acto académico de graduación junto al teológico y devocional del juramento también tendrían su correlato literario e iconográfico desde el mismo momento de la fiesta.

El Estudio salmantino esperó a octubre de 1618 para iniciar las festividades; la razón no era otra que aprovechar una mayor afluencia de estudiantes iniciando el curso[32]. En julio de ese mismo año se presentaba el programa que contemplaba, entre otras celebraciones, “quel dia siguiente después del juramento se haga en el patio de Escuelas un auto a Nuestra Señora de la Conception”[33]. A tal efecto, la Universidad encargó a Lope de Vega la elaboración de una comedia titulada “La limpieza no manchada”, por la que recibió cien escudos[34].

El día anterior a las celebraciones, el 28 de octubre de 1618, se levantaron altares por la ciudad de Salamanca en las calles por donde pasaría una procesión con la imagen de la Inmaculada desde el convento de las Úrsulas a la Catedral. Algunos de los altares, como el de los jesuitas o el de los agustinos, se decoraron con cartelas que contenían pinturas y poesías, en castellano y en latín, entre las cuales podemos destacar algunas cuyos versos lanzaban vítores (o vivas) a la Virgen María, mezclados con metáforas entre María y el sol[35].

La procesión salió el 29 de octubre, con la concurrencia de autoridades civiles, académicas y eclesiásticas, así como estudiantes y toda la ciudad. Las corporaciones y cofradías sacaron estandartes, destacando el del Estudio salmantino, que era “de damasco blanco con una imagen de Nuestra Señora en su Concepción, por la una parte, y a las espaldas della en un tafetán azul de poco más de vara en quadro escrito con letras de plata muy legibles, y grandes, aquel lugar del capítulo 13 de Judith: Vivit dominus, quia non permisit coinquinari ancillam suam [36]. Se trata, por tanto, de una aclamación que estilísticamente responde al modelo del vítor. A la procesión concurrieron las cofradías de las naciones estudiantiles, entre ellas, la de Extremadura, que iba junto a Andalucía y La Mancha tras un estandarte de damasco blanco con la imagen de la Concepción. La cofradía de esos tres lugares se encargó de regresar con la imagen del altar de las Escuelas Mayores (que procedía del convento de Valparaíso) al monasterio de San Agustín, entonando el Ave Maris Stella[37].  

El lunes 29 de octubre tuvo lugar el estreno de la comedia de Lope de Vega. Esta obra, junto con los versos citados que adornaban los altares y estandartes, pueden ser considerados como el hito inicial a la hora de adoptar el símbolo mariano en el contexto de los vítores universitarios[38]. La obra fue estrenada en el patio de Escuelas el 29 de octubre de 1618 por la compañía de Baltasar de Pinedo, siendo tal su éxito que fue puesta en escena en tres ocasiones durante esa semana[39]. La inclusión de vítores universitarios a la hora de aclamar la concepción sin mancha de María es un recurso que Lope utilizó en varias ocasiones de una forma intencionada. De ello se percató el padre Juan Márquez, catedrático de Vísperas de Teología, que decía que en la obra se estuvo “victoreando a la Virgen, al uso de Salamanca, contra el pecado original”[40].

En efecto, en el segundo acto, el personaje que representa la alegoría de la Duda pierde su razón de ser tras admitir el misterio de la Inmaculada Concepción. En ese momento, la Duda proclamaba abiertamente “que el Desengaño me llamo:/ ¡Vítor a la Virgen divina!¡Vítor mil veces!” una aclamación a María que Lope de Vega reiteraría poco después, al final de ese segundo acto, en boca de la misma Duda durante un diálogo con el personaje del Pecado: “¡Vítor la Virgen, señores, / concebida sin pecado!”. Por último, en el tercer acto, la Duda, contenta y dispuesta a publicar que ya no se llama así sino Desengaño, observa a cuatro estudiantes que contemplan el cartel anunciante de las fiestas universitarias en honor a la Inmaculada. Uno de ellos, llamado Zoquete, comenzó a leer en alto, diciendo “muy bien sé que se hacen fiestas/ a la limpia Concepción, / y que al juramento son/ aquestas glosas compuestas/ […] por tanto, Universidad/ jurad tan santo estatuto”. En ese momento, otro estudiante aclamaba “¡Vítor, vítor; está bien![41].

Al día siguiente prosiguieron los concursos dentro de las celebraciones inmaculistas, entre ellos la competición del estafermo, cuyos participantes debían inscribirse con un pseudónimo, acudir disfrazados y ofrecer, tras superar la prueba, una divisa y letra dedicados a la Concepción, o lo que es lo mismo, un símbolo acompañado de unos versos explicativos[42]. Los premios variaban entre un penacho de plumas para el mejor disfraz, una sortija de oro para la mejor divisa y letra: diez varas de seda al mejor puntero, o “al que peor lo hiziere, un espejo en que se mire”. La divisa y las letras iban en un escudo o cartela, que los “aventureros” o concursantes entregaban al jurado una vez superadas las pruebas. Entre ellos destacó una pareja de estudiantes madrileños vestidos “con turbantes y vestidos de turcos” que habían firmado como Amurates y Solimán, cuya divisa era “pintada una Virgen, vestida de Sol, y la Luna a los pies, a los lados decía: Signum magnum. Y al pie esta letra: Gran milagro que no cause/ eclipse ni sombra alguna/ la tierra entre Sol y Luna”[43].

Versos, teatro, estandartes, carteles y motivos con morfologías varias dirigidos a ensalzar a María acompañaron a los fastos por el voto inmaculista. Todos tienen un nexo común: el uso del vítor como forma de aclamación, un hecho que no parece casual en el contexto universitario salmantino debido a la costumbre estudiantil de rotular vítores que hemos mencionado. Sin embargo, el uso del vítor mariano, originado muy probablemente en la fiesta de 1618, pronto trascendió las fronteras de la ciudad de Salamanca.

 

III. Símbolos universitarios en la periferia de la Monarquía Hispánica

El ámbito de influencia del Studium Salmanticensis abarcó no sólo a la Península Ibérica, sino a los espacios europeos y de ultramar que, desde finales del siglo XV, pertenecían a la Corona. No en vano, el modelo salmantino se exportó a las nuevas fundaciones americanas como México o Lima, a mediados del siglo XVI. Sin embargo, se trataba de una universidad poco permeable a presencia de extrapeninsulares entre sus aulas, sobre todo tras el cierre de fronteras decretado por Felipe II en 1552 en un intento de realizar un cordón sanitario contrarreformista[44]. Ello explica la considerable presencia de población universitaria procedente de entornos periféricos con ciudades de cierta relevancia; tal era el caso de lo que en la época se conocía como territorio extremeño.

Según las fuentes históricas universitarias -libros de matrícula, principalmente- y a efectos académicos y administrativos, los universitarios provenientes de las diócesis de Coria, Plasencia, Badajoz y los territorios de las órdenes militares se agrupaban en la natio o nación de Extremadura. La representatividad de la nación de Extremadura en el Estudio del Tormes no es desdeñable, alcanzando su máximo en los últimos lustros del siglo XVI. Así, según los libros de matrícula del curso 1594-1595, los estudiantes extremeños alcanzaban casi el 10 % del total de estudiantes (6199), unos 576 individuos, siendo las ciudades de Cáceres, Trujillo, Mérida o Badajoz las que registraron un mayor éxodo estudiantil[45]. Además, contaban con un símbolo propio, el vítor con una E coronada (Imagen 4).


Imagen 4. Vítores en el patio de Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca. Nótese la simbología del vítor, con la superposición de las letras y la media luna invertida, así como la “E” coronada de la nación de Extremadura.

 

No obstante, la costumbre de rotular un vítor se extendió por numerosos enclaves no sólo de la península Ibérica sino también de otros territorios de la Monarquía Hispánica (Italia y el Nuevo Mundo), sin ser necesariamente ciudades universitarias[46]. Para averiguar las razones de este fenómeno fuera de Salamanca hay que indagar en algunas relaciones que existían con la universidad y que son imperceptibles a simple vista. Es el caso de algunas ciudades extremeñas como Trujillo, que ocupará el análisis de este estudio por haberse descubierto recientemente algunos de estos símbolos, pero también las sedes episcopales de Coria y Plasencia conservan estos vestigios que nacen en el mundo universitario salmantino[47].

 

1. La Universidad de Salamanca y una ciudad periférica: Trujillo (Cáceres)

Los estudios de casos se han demostrado útiles para dar a conocer algunas dinámicas históricas que quedan ocultas en visiones más generalistas y que, a su vez, las completan y matizan[48]. Es una de las razones por las que se ha abordado el análisis de una ciudad aparentemente ajena a Salamanca como es Trujillo, ya que, algunos vínculos -como los que unen a la Universidad salmantina con enclaves periféricos- sólo pueden entenderse al realizar un examen del pasado a pequeña escala.

Lo que se denomina Tierra de Trujillo, según la división administrativa del siglo XVI, estaba situada dentro de la llamada también Provincia de Trujillo, comprendiendo ésta la mayor parte del actual territorio extremeño[49]. En el contexto general de las diócesis y de la natio de Extremadura, Trujillo era una de las ciudades que más estudiantes aportaba en todos los cursos, entre 30 y 35 anuales según los libros de matrículas[50]. En este sentido, durante el curso 1594-95 lidera a las diócesis extremeñas junto con Cáceres (40 estudiantes)[51].

Si echamos un vistazo a las facultades que más demanda tienen entre los estudiantes procedentes de la Tierra de Trujillo durante el curso 1594-95, Cánones es la primera, con una proporción del 47%. Los canonistas proceden sobre todo de Trujillo (17 estudiantes). A continuación, los artistas son los más numerosos, con un 20 % y un total de 11 matriculados trujillanos. En tercer lugar, destacan, igualados al 11% de la Tierra de Trujillo, los estudios de Leyes y Gramática, que atraen en total a 12 individuos. Son predominantemente legistas los trujillanos (5 estudiantes), mientras que también se destacan entre los gramáticos (3 estudiantes). En el caso de Teología, encontramos sólo a tres estudiantes de Trujillo, mientras que en Retórica sólo encontramos uno de dicha ciudad[52].

En definitiva, este primer análisis cuantitativo revela algunos lazos de cierta relevancia entre una ciudad periférica como Trujillo y la Universidad de Salamanca, ya que el contingente estudiantil que partió tanto de este núcleo como de su Tierra fue relativamente considerable y constante durante el último tercio del siglo XVI, momento de apogeo del Estudio Salmantino[53].  Sin embargo, estos vínculos no se reflejan sólo en las cifras; también en el universo simbólico universitario que quedó plasmado en algunos edificios trujillanos. Unos símbolos que, como veremos, encierran significados relacionados con el fervor mariano de la época.

 

2. El universo simbólico universitario en la periferia

Los símbolos identificados como vítores localizados en la ciudad de Trujillo se encuentran en el templo del antiguo convento de San Francisco y en la iglesia de la Preciosa Sangre. Para ello, se delimitará, en primer lugar, la ubicación de los grafitos, antes de pasar a su descripción. Con respecto al primero de los vítores, hay que señalar que los franciscanos de la Orden Tercera erigieron su casa en Trujillo a comienzos del siglo XVI asentándose en lo que fue una mezquita entre otras construcciones preexistentes. En 1564 Pedro Marquina continuaría el proyecto de Pedro de Ybarra de modo que la fábrica se fue ampliando gracias a las donaciones y limosnas procedentes principalmente del concejo trujillano[54]. Así, en 1600 se procedió al traslado del Santísimo Sacramento a la nueva iglesia, la cual todavía tenía la capilla mayor sin construir; ello no fue impedimento para inaugurar el nuevo templo, ya que “se atajó el sitio con un paredón, y sirve el cuerpo restante”, repartiéndose las capillas colaterales a “personas devotas que las compraron al síndico”[55].

Las dimensiones del complejo conventual y sus elementos artísticos nos sitúan ante una obra de gran envergadura, de la cual destaca, en su exterior, la portada principal del templo, construida en mampostería y sillería a finales del siglo XVI. Un gran arco de medio punto y dovelas radiadas, enmarcado por dos alfices, permite la entrada a la iglesia. Sobre el arco y en una hornacina se sitúa una imagen de San Francisco en posición central, flanqueada a ambos lados por dos grandes escudos en relieve. A la derecha de la imagen, el blasón imperial de Carlos V; a su izquierda, el escudo de la ciudad (la Virgen de la Victoria entre dos torres) y sobre la estatua del seráfico padre, un relieve del Padre Eterno. Tres vanos completan la portada: uno en el centro, por encima del segundo alfiz y culminado con un frontón triangular que alberga en su interior el escudo franciscano de las cinco llagas, al tiempo que otros dos ventanales flanquean a ambos lados las dovelas del arco de acceso. Enmarcan el conjunto algunos esgrafiados con motivos vegetales y geométricos, entre otros[56] (Imagen 5).

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Imagen 5. Portada de la Iglesia conventual de San Francisco (Trujillo, Cáceres).

 

Ya hemos aludido a que los vítores se pintaban, generalmente, en lugares vistosos. El deseo de ser contemplados en público refuerza su significado propagandístico, máxime cuando se ubican en la portada de edificios religiosos relevantes para una ciudad. Era el caso de los franciscanos en Trujillo, cuya iglesia, tal y como fue descrita en el momento de ser construida, posee una “fachada de la puerta, que es hermosa y grave, [y] tiene las armas Reales, y las de la Ciudad”[57]. La ubicación del vítor, por tanto, no puede considerarse casual, ya que se pinta en el lugar más visible del prominente edificio[58]. Los símbolos, pintados en rojo, se sitúan en los sillares que forman los estribos del arco de acceso al templo en su fachada principal, tanto en el lado izquierdo como en el derecho. Comenzando por el lado izquierdo, se observa la primera línea del texto en el sillar inmediatamente por debajo de la línea de imposta, mientras que hay un segundo grafismo situado en el centro del siguiente sillar debajo del mencionado (Imágenes 6 y 7).

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