CAURIENSIA, Vol. XIII (2018) 587-603, ISSN: 1886-4945 DOI: https://doi.org/10.17398/2340-4256.13.587

MORAL SOCIAL EN LA TEOLOGÍA DE LOS POBRES Y DE LA POBREZA

AGUSTÍN ORTEGA CABRERA

Pontificia Universidad del Ecuador. Sede Ibarra

RESUMEN

El presente trabajo quiere exponer claves de la moral social desde la teología de la opción por los pobres y de la pobreza. Con una perspectiva y método teológico e histórico que se nutre de la vida de fe y de santidad de la iglesia con sus testimonios y maestros. Estas claves de la opción por los pobres y la pobreza, con las cuestiones éticassociales sobre la riqueza o bienes, son esenciales en la fe; deben orientar a la teología y a la moral para que sea caudal de humanización, transformación, santidad y justicia liberadora.

Palabras clave: moral social, teología, opción por los pobres, pobreza, riqueza, santidad.

ABSTRACT

The present work wants to expose keys of the social morality from the theology of the option for the poor and of the poverty. With a theological and historical perspective and method that nourishes the life of faith and holiness of the church with its testimonies and teachers. These keys to the option for the poor and poverty, with ethical-social questions about wealth or goods, are essential in faith; Must guide theology and morality so that it is a flow of humanization, transformation, sanctity and liberating justice.

Keywords: social morality, theology, choice for the poor, poverty, wealth, sanctity.

INTRODUCCIÓN

Recientemente se celebró la XXXVI asamblea general ordinaria del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), que se compromete con la opción por los pobres, siguiendo a Mons. Romero. El secretario general del CELAM, el obispo colombiano Juan Espinoza, manifestó que los obispos del CELAM llegaron a San Salvador con la idea de construir una Iglesia “pobre y para los pobres”, tal como lo pide el Papa Francisco, y que en el continente encuentra a uno de sus mejores exponentes en Monseñor Romero.

“Él (Romero) se conmovió y se convirtió también en contacto con el pobre,

(y) ahora poderle celebrar esta asamblea con esa dimensión (a favor de los pobres) tiene un significado muy especial”, asegura el obispo católico colombiano (San Salvador, 8 de mayo, 2017). Lo que afirman los Obispos Latinoamericanos está en la tradición de la fe e iglesia universal y latinoamericana con las Conferencias Episcopales de Medellín, Puebla… hasta llegar a Aparecida.

Con sus testimonios y santidad como el propio Mons. Romero, H. Camara,

L. Proaño, los jesuitas mártires como Ll. Espinal, R. Grande, I. Ellacuría y sus compañeros de la UCA, etc. Mons. Escobar Alas, actual Arzobispo de San Salvador, ha publicado una muy importante II Carta Pastoral, “Ustedes darán también testimonio, porque han estado conmigo desde el principio”, en la que expone muy bien toda esta realidad de los mártires. Como son los de la iglesia del Salvador con Mons. Romero, los ya citados jesuitas R. Grande, Ellacuría, Martin-Baró y el resto de sus compañeros mártires de la UCA1. Y es que la iglesia pobre con los pobres es la iglesia del Dios revelado en Jesús, como vamos a ver a continuación con una serie de apuntes de la fe, de la iglesia y la teología2

1 Cf. Luis Carlos Suzin (ed.), El mar se abrió (Santander: Sal Terrae. 2005.

2 Cf. José Ignacio. González Faus, Vicarios de Cristo (Madrid: Trotta, 1999; Juan Marìa Laboa, Por sus frutos los conoceréis. Historia de la caridad en la Iglesia (Madrid: San Pablo, 2011).

II. MÉTODO

1. FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA

Es la Iglesia de Dios y su Reino del amor fraterno, paz y justicia con los pobres que nos va salvando, nos va liberando integralmente del mal y pecado, del egoísmo con sus ídolos del poder y la riqueza-ser rico. Lo que culmina en la vida plena, eterna…Como nos transmite la Sagrada Escritura como son los Evangelios, por ejemplo, nuestra Madre María en el Magníficat (Lc 1,46-55). Como aparece en tantos y tantos textos de la Palabra de Cristo. Tales como las bienaventuranzas y malaventuranzas (Lc 6,20-23), el dicho sobre el rico (del camello y del ojo de la aguja, Mt 19,24), la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). Las llamadas y exigencias del seguimiento de Jesús como es la del joven rico (Mc 10, 17-27) o la parábola del juicio final (Mt 25,31-46). Estos textos son vitales para la fe3, como afirma el Papa Francisco

Como se observa, solo hay que leer la Biblia y el Evangelio para saber que la riqueza es injusta (Lc 16,9), que el ser rico es incompatible con la vida de pobreza fraterna y solidaria con los pobres en el seguimiento del Jesús Pobre-Crucificado. Así fue la vida de la Sagrada Familia y de nuestro Señor Jesucristo que nació pobre (2 Cor 8,9), en una familia pobre, durante su vida no tuvo donde reclinar la cabeza (Lc 9, 58) y murió despojado, crucificado. Y así fue la existencia de la originaria comunidad cristiana, la iglesia apostólica, como aparece por ejemplo en los Hechos de los apóstoles, en los conocidos como Sumarios (Hch 2 y 4). Allí se muestran la vida de la primera iglesia con la comunión de fe, de amor, bienes y justicia con los pobres.

2. LOS PADRES DE LA IGLESIA

Así nos lo enseña la Tradición de la Iglesia. Como muestra la enseñanza social y moral de los Padres de la iglesia, por ejemplo San Juan Crisóstomo, el mensaje patrístico sobre la pobreza y riqueza4. Este mensaje de la tradición de la iglesia sobre la pobreza, riqueza y propiedad se condesa en aquella famosa enseñanza de San Jerónimo que, como vamos ver, también lo expresan de forma similar los otros Padres de la iglesia: “un rico es un ladrón o heredero de ladrón” (Epístola a Hebidia, 121,1). Como nos transmite esta tradición de la iglesia, las riquezas no son solo inmorales por su origen, ser rico es fruto de la injusticia, sino porque teniendo riquezas: no compartimos por justicia con los pobres hasta quedarnos con lo vital, con lo necesario hasta dejar de ser rico. La iglesia enseña

3 Cf. Luis González-Carvajal, El clamor de los excluidos(Santander: Sal Terrae, 2009).

4 Cf. Fernando Rivas, Defensor pauperum, (Madrid: BAC, 2008); Restituto Sierra Bravo, Diccionario social de los Padres de la Iglesia (Madrid: Edibesa, 1997)

no sólo que por justicia debemos repartir lo que nos sobra para devolver a los pobres lo que le pertenece, desprendernos de lo superfluo que por definición es dejar de ser rico, sino por amor y solidaridad compartamos hasta de lo que necesitamos para vivir.

Como muestra San Basilio, “¿cuáles son, dime, los bienes que te pertenecen? ¿En qué medida forman parte esencial de tu vida? El caso de los ricos es similar al de un hombre que toma asiento en un teatro y se opone después a que entren los demás, usurpando de este modo y apropiándose lo que es de uso común Y es que los ricos consideran como propios aquellos bienes que han adquirido antes que los demás, por el único hecho de haber sido los primeros en conquistarlos Si cada cual asumiera solamente lo necesario para su sustento, dejando lo superfluo para el que se halla en la indigencia, no habría ricos ni pobres Te has convertido en explotador al apropiarte de los bienes que recibiste para administrarlos El pan que te reservas pertenece al hambriento, al desnudo, los vestidos que conservas en tus armarios, al descalzo, el calzado que se apolilla en tu casa, al menesteroso, el dinero que escondes en tus arcas Así, pues, cometes tantas injusticias, cuántos son los hombres a quienes podías haber socorrido” (PG 31 276).

En este sentido, nos transmite San Juan Crisóstomo: “¿de dónde proceden sus riquezas?, ¿de quién las han recibido? «De mis abuelos por medio de mi padre». Y bien: ¿son capaces de irse remontando así por la familia y demostrar que lo que poseen lo tienen justamente? No son capaces. El principio y raíz siempre es forzosamente la injusticia. ¿Por qué? Porque al principio Dios no hizo rico a uno y pobre a otro, ni tomó a uno y le dio grandes yacimientos de oro, privando al otro de este hallazgo. No señor. Dios puso delante de todos la misma tierra” (PG 62 562).

3. LOS SANTOS DE LA IGLESIA

Así nos los testimonian los Santos, por ejemplo (por solo citar a algunos) San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Vicente de Paul, Alfonso M. de Ligorio, José de Calasanz y más tarde San Juan Bosco5. “Son tan grandes los pobres en la presencia divina, que principalmente para ellos fue enviado Jesucristo en la tierra… La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno…” (S Ignacio de Loyola, Carta a la comunidad de Padua). Afirma el Santo fundador de los jesuitas, en los Ejercicios Espirituales (EE, Meditación de las Dos Banderas), que hay que promover: la “pobreza contra riqueza; oprobrio o menosprecio contra el honor mundano; humildad contra la soberuia; y destos tres escalones

5 Cf. Juan Marìa Laboa, Atlas histórico de la caridad, (Madrid: Edibesa, 2014).

induzgan a todas las otras virtudes” (EE 146). Es la realización de la experiencia espiritual, moral y social, en el seguimiento y encuentro con Jesús Pobre-Crucificado, con esta vida de pobreza fraterna que libera de estos falsos dioses de la riqueza-ser rico, del poder y la dominación. Tal como presenta S. Ignacio en las Tres Maneras de Humildad (de Amar, EE 167).

El Concilio Vaticano II, que cita a Santo Tomás con otros Doctores de la iglesia y toda esta tradición, nos enseña todo ello: «Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la candad Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde Es éste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de (a riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos” (GS 69).

En esta línea, “la Iglesia condenó todo préstamo a interés, incluido el préstamo de dinero. La doctrina de los Padres, de los teólogos medievales, de los Concilios y de los Papas (recuérdese la Bula Vix pervenit de Benedicto XIV en 1745) fue tajantemente negativa y condenatoria del préstamo de dinero a interés. Basados en el axioma de la esterilidad del dinero («nummus nummum non parit»), los autores cristianos hubieron de reconocer la injusticia de todo interés deducido del simple préstamo del dinero. Para ellos, el dinero tenía exclusivamente un valor de intercambio” 6 . Es la “usura devoradora”, según la expresión de León XIII (RN1), auténtico azote del mundo moderno».

6 Marciano Vidal, Moral de actitudes. Moral social (Madrid: PS, 1979), 235.

Terminamos este apartado con este memorable texto del Doctor Angélico: “Cristo eligió padres pobres, pero perfectos en la virtud; llevó una vida pobre, para que nadie se gloríe solamente de la nobleza del linaje o de las riquezas de la familia; llevó una vida pobre, para enseñarnos a despreciar las riquezas; vivió privado de dignidades, para apartar al hombre de un apetito desordenado de honores; soportó trabajos, hambre, sed y sufrimientos corporales de forma que los hombres no se retrajeran del bien de la virtud por dedicarse a los placeres y delicias a causa de la dureza de esta vida… Si Cristo hubiese vivido en el mundo como rico, poderoso y revestido de alguna gran dignidad, se podría haber pensado que su doctrina y sus milagros fuesen aceptados por la fuerza del favor de los hombres y por un poder humano; por lo tanto, para que constase con evidencia que eran obra de la fuerza de Dios, escogió todo lo ínfimo y despreciado del mundo: madre pobre, vida indigente, discípulos y mensajeros incultos y el ser rechazado y condenado, incluso a muerte, por los magnates del mundo, para que así manifiestamente constase que la aceptación de su doctrina y milagros no fue debida a un poder humano, sino divino” (De los Opúsculos teológicos de santo Tomás de Aquino).

III. RESULTADO

1. LA FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

La filosofía y teología contemporánea nos muestra esta pobreza solidaria en la opción por los pobres con su protagonismo, promoción y liberación integral. En contra de los ídolos del capital que está subordinado al trabajo, a la dignidad del trabajador y de la persona con una economía al servicio de sus necesidades. Frente a la idolatría de la riqueza-ser rico, a la que debe oponerse la pobreza solidaria en la comunión de vida, de bienes y lucha por la justicia con los pobres de la tierra. Por ejemplo, en la filosofía y el pensamiento social católico7 como es el personalismo con autores y testimonios como Mounier, Rovirosa o Milani que ha sido reconocido últimamente por el Papa Francisco; o autoras y testigos de raíz cristiana o católica como E. Stein, S. Weil o D. Day.

Esta iglesia pobre en fraternidad solidaria y justicia con los pobres ha sido transmitida por los maestros de la teología8 que tanto aportaron al Concilio Vaticano II. Como Chenu, Congar, Rahner o Häring que son reconocidos en la Iglesia y por los Papas como Francisco. Y por los movimientos apostólicos obreros de la iglesia con los testimonios de Cardijn y su JOC, o los testigos E.

7 Cf. José Sols Lucia, Cinco lecciones del pensamiento social cristiano (Madrid: Trotta, 2013). 8 Cf. Juan Bosch, Diccionario de teólogos contemporáneos (Burgos: Monte Carmelo, 2007).

Merino, el mismo Rovirosa, Malagón, J. Gómez del Castillo y la HOAC en España que son auténticos precursores en nuestra época de este amor a Cristo pobre y obrero, a la iglesia pobre y a los pobres. Con una espiritualidad de encarnación en las periferias con los obreros, trabajadores y pobres como sujetos protagonistas de su promoción liberadora e integral en la lucha por la justicia frente a estos ídolos del capital, del poder y de la riqueza-ser rico9.

Lo que ha sido continuado y profundizado con la teología latinoamericana y autores como L. Gera, R. Tello y el jesuita J. C. Scannone, formador del Papa Francisco, que han dejado su huella clara en el magisterio del Papa argentino. Son los representantes de la teología argentina, una de las corrientes de la denominada teología de la liberación (TL)10. Y que muestra lo más valioso del pensamiento iberoamericano, que se ha desarrollado en la época contemporánea. Con autores tan significativos, juntos a los argentinos ya mencionados, como P. Freire, G. Gutiérrez o los jesuitas I. Ellacuría e I. Martín-Baró, dos de los conocidos mártires de la UCA.

La TL, queremos aclarar, no ha sido condenada por la iglesia. Sino matizada y precisada con la valoración de todo lo bueno y verdadero que nos ha transmitido dicha TL con sus comunidades eclesiales de base, en donde surgió. Tal como nos muestran los Obispos Españoles, “en este sentido, la teología de la liberación ha sido en la Iglesia del post-concilio un grito profético en favor de la liberación de tantos oprimidos por el peso de las estructuras políticas, culturales, sociales y económicas. El Papa ha invitado a realizar un discernimiento de dicha teología para mejorarla, potenciando sus valores y corrigiendo sus posibles defectos, que pueden darse y se dan como en toda obra humana” (IP, 143).

Tal como nos transmiten los Papas Pablo VI (EN 58) y Juan Pablo II, las “comunidades eclesiales de base son fuerza evangelizadora y dan una gran esperanza para la vida de la Iglesia” (RM 51). En este sentido, el actual Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, G. L. Müller11 ha publicado junto con su íntimo amigo G. Gutiérrez, considerado el padre de la TL, dos obras que recomendamos vivamente. En ellas, G. L. Müller nos muestra todo lo bueno y verdadero que nos ha legado la TL. Como afirma San Juan Pablo II, “estamos convencidos nosotros y ustedes de que la Teología de la Liberación es no sólo

Cf. Rafael Díaz Salazar, Nuevo socialismo y cristianos de izquierda (Madrid: HOAC, 2001). 10 Cf. Juan Carlos Scanonne, La teología del pueblo. Raíces teológicas del papa Francisco (Santander: Sal Terrae, 2017).

11 Cf. Gerhard Ludwig Müller, Del lado de los pobres. Teología de la Liberación (Madrid: San Pablo, 2013); Iglesia pobre para los pobres. La misión liberadora de la Iglesia (Madrid: San Pablo, 2014), con prólogo-presentación del Papa Francisco.

oportuna sino útil y necesaria” (Carta a la Conferencia Episcopal de Brasil), lo que repetirá en su encíclica CA (n. 26).

Como nos enseña la CDF con Ratzinger-Benedicto XVI al frente, continuando esta misión Cristo, la misión de la iglesia se realiza en el amor preferencial por los pobres. “Los oprimidos por la miseria tienen un amor de preferencia por parte de la Iglesia que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos…; mediante su Doctrina Social, cuya aplicación urge, la Iglesia ha tratado de promover cambios estructurales en la sociedad con el fin de lograr condiciones de vida dignas de la persona humana” (LC 68).

2. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y SU DOCTRINA SOCIAL

“Cristo Señor ha indicado estos caminos sobre todo cuando –como enseña el Concilio– «mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre» (GS 22)… El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social –en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o tribu), en el ámbito de toda la humanidad– este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención” (RH 13-4). Este texto memorable de San Juan Pablo II que se encuentra en su primera y “programática” encíclica, en donde sigue la orientación conciliar del Vaticano II, nos manifiesta el sentido de la fe católica. La Encarnación de Dios en Jesús de Nazaret que asume toda la realidad, personal, social e histórica del ser humano para traer la salvación y liberación integral de Reino de Dios con su justicia con los pobres.12

Nos sigue enseñando el Papa Santo, en su importante encíclica sobre la misión, que “el Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos son llamados a ser sus miembros. Para subrayar este aspecto, Jesús se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la sociedad, dándoles su preferencia, cuando anuncia la «Buena Nueva». Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido «enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18). A todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús les dice: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6, 20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos (cf.

12 Cf. Jesús Espeja, Fieles a la tierra (Salamanca: San Esteban, 2008).

Lc 5, 30; 15, 2), tratándoles como a iguales y amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos sentirse amados por Dios y manifestando así su inmensa ternura hacia los necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32). La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas.

En la perspectiva de Jesús, las curaciones son también signo de salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe, la curación anima a ir más lejos: introduce en la salvación (cf. Lc 18, 42-43)….El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Jesús se refiere a toda la ley, centrándola en el mandamiento del amor (cf. Mt 22, 34-40); Lc 10, 25-28). Antes de dejar a los suyos les da un «mandamiento nuevo»: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así el amor que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por tanto, la naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios. El Reino interesa a todos: a las personas, a sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud” (RM 14).

Como ha enseñado asimismo antológicamente Pablo VI, “como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre… La Iglesia, repiten los obispos, tiene el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos; el deber de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización. Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? Nos mismos lo indicamos, al recordar que no es posible aceptar "que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad (EN 9, 30-31)

En esta línea, los documento relevante e ineludible de los Obispos Españoles, “La Iglesia y los pobres” e “Iglesia, servidora de los pobres" nos muestra como "el servicio a la liberación del pobre debe ser integral. Y, en consecuencia, «lo que debemos evitar siempre es hacer un uso parcial y exclusivista del concepto de liberación reduciéndolo solamente a lo espiritual o a lo material, a lo individual o a lo social, a lo eterno o a lo temporal»" (n. 24). "Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres" (n.35). De ahí que, como nos enseña muy bien Benedicto XVI, “desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional –también política, podríamos decir– de la caridad, no me-nos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis. El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras” (CV 7)

Muchos más textos del magisterio de la iglesia se podrían exponer, en esta fecunda y transcendente enseñanza de la iglesia con su doctrina social (DSI), como seguiremos exponiendo. Por ejemplo, del Papa Francisco como es el cap. IV de la EG o su reciente mensaje ecológico como es la LS. Todo ello nos muestra esta fe católica y encarnada en el mundo e historia, en donde se va realizando la salvación en el amor y la justicia con los pobres, en la liberación integral de todo mal, pecado, muerte e injusticia que culmina en la vida plenaeterna. No podemos aceptar ni asumir pues, como a estas alturas de la historia de la fe y de la teología, existan todavía fundamentalismos e integrismo de todo tipo que, con sus espiritualismos desencarnados y sectarismos, nieguen la realidad física y material (concreta e histórica) de la salvación que nos trae Jesús, el Verbo-Dios Encarnado; que se rechace el carácter social, económico y político de la liberación que nos regala la Gracia de Dios. Se contradice así a la fe en la Encarnación de Dios en lo humano e histórico que es el lugar, la realidad donde nos encontramos con Cristo y su salvación liberadora en el amor, la paz y la justicia con los pobres, sacramentos de Cristo Pobre y Crucificado.

Tal como nos enseña la Palabra de Dios en el Evangelio de Jesús (cf. Mt 25,31-46), que nos lleva a la liberación del pecado del egoísmo con sus ídolos del poder y la riqueza-ser rico que empobrecen, oprimen y excluyen a los pobres (cf. Lc 1, 46-55; Sant 5, 1-7). Como ya apuntamos, los Padres de la Iglesia transmitieron todo lo anterior muy bien y, en este sentido, denunciaron que aquellos que negaban la Encarnación de Cristo en lo humano e histórico, eran los mismos que no practicaban la caridad solidaria y justicia con los pobres. Los Santos y Doctores de la Iglesia nos muestran que no se puede afirmar a Cristo en la Eucaristía si, al mismo tiempo, no se le reconoce en los pobres y oprimidos con una praxis solidaria de justicia con los empobrecidos; que no se puede seguir a Jesús y ser humano en los ídolos del poder y la riqueza-ser rico, del tener/poseer por encima del ser fraterno y solidario en el compromiso por la justicia con los pobres como nos señala Juan Pablo II (SRS 31).

Siguiendo y actualizando toda esta tradición bíblica y eclesial, llegamos al Magisterio y Doctrina Social de la Iglesia13 con los Papas que siguen actualizando toda esta moral y enseñanza social14. León XIII con la RN, con testigos de la época como el obispo Kettler o F. Ozanam, y Pío XI en la QA. Juan XXIII, además de la MM o PT, por ejemplo en su célebre Radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, el Vaticano II (LG 8 o GS 1) y Pablo VI con la EN o PP.

13 Cf. Ildefonso Camacho, Doctrina social de la iglesia. Una aproximación histórica (Madrid: Paulinas, 1991);

14 Cf. Eugenio Alburquerque, Moral social cristiana. Camino de liberación y de justicia (Madrid: San Pablo, 2006).

Juan Pablo II en LE, SRS y CA, Benedicto XVI con DC y CV y el Papa Francisco en EG y LS15. De esta forma, nos enseña San Juan Pablo II que “hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive. Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos come resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo -es decir por la plaga del desempleo-, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia” (LE 8).

Tal como ya señalamos, tanto el Vaticano II (GS 69) como Juan Pablo II (SRS 31) nos enseñan que la vida ética y de fe en la solidaridad fraterna es el compartir no solo de lo que nos sobra, sino hasta de lo que necesitamos para vivir. En el capítulo IV de la EG, citando a los Papas como Juan Pablo II (SRS) y al Papa Benedicto XVI, Francisco nos muestra como inspirada en Dios, “la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia» (SRS 42). Esta opción –enseñaba Benedicto XVI– «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza». Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres” (EG 198). “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres” (EG 187). Los Obispos españoles nos enseñan muy bien todo lo anterior en sus ya citados e imprescindibles documentos “La iglesia y los Pobres” y el reciente “Iglesia, servidora de los Pobres”.

Como sucede hoy en día en nuestro mundo, dominado por un sistema e ideología que, como no se cansa de criticar y denunciar el Papa Francisco, es

15 Cf. Agustín Domingo, Democracia y Caridad. Horizontes éticos para la donación y la responsabilidad (Santander: Sal Terrae, 2014); Enrique Lluch, Una economía que mata. El papa Francisco y el dinero (Madrid: PPC, 2015); Joan Carrera, Hacia una ecología integral (Barcelona: CiJ, 2017).

gobernado por “el dinero ¿Cómo gobierna? Con el látigo del miedo, de la inequidad, de la violencia económica, social, cultural y militar que engendra más y más violencia en una espiral descendente que parece no acabar jamás. ¡Cuánto dolor y cuánto miedo! Hay -lo dije hace poco-, hay un terrorismo de base que emana del control global del dinero sobre la tierra y atenta contra la humanidad entera. De ese terrorismo básico se alimentan los terrorismos derivados como el narcoterrorismo, el terrorismo de estado y lo que erróneamente algunos llaman terrorismo étnico o religioso, pero ningún pueblo, ninguna religión es terrorista. Es cierto, hay pequeños grupos fundamentalistas en todos lados. Pero el terrorismo empieza cuando «has desechado la maravilla de la creación, el hombre y la mujer, y has puesto allí el dinero». Ese sistema es terrorista.

Hace casi cien años, Pío XI preveía el crecimiento de una dictadura económica mundial que él llamó «imperialismo internacional del dinero». (QA 109). ¡Estoy hablando del año 1931! El aula en la que estamos ahora se llama “Paolo VI”, y fue Pablo VI quien denunció hace casi cincuenta años la «nueva forma abusiva de dictadura económica en el campo social, cultural e incluso político» (OA 44). Son palabras duras pero justas de mis antecesores que avizoraron el futuro. La Iglesia y los profetas dijeron, hace milenios, lo que tanto escandaliza que repita el Papa en este tiempo cuando todo aquello alcanza expresiones inéditas. Toda la doctrina social de la Iglesia y el magisterio de mis antecesores se rebelan contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad” (Discurso del Papa Francisco a los Movimientos populares, 5 de septiembre, 2016).

CONCLUSIONES

El Papa Francisco ha instaurado en la iglesia la "Jornada Mundial de los pobres", que se celebra el 19 de de Noviembre. En su primer mensaje para dicha jornada, el Papa nos presenta toda una auténtica teología de los pobres y de la pobreza, una espiritualidad y enseñanza sobre dichas realidades, que es esencial para comprender y vivir la fe. Desgraciadamente, como muchas veces nos han mostrado los Papas como Francisco, todavía en la fe e iglesia o en la sociedadmundo no se tienen claras y asumidas, en palabras de Francisco, esta esencial e imprescindible "opción fundamental por los pobres" (n. 5). Debido a que nos dejamos dominar por "la mentalidad mundana" (n. 3). El Papa nos muestra la realidad teologal de los pobres y de la pobreza ya que Dios, como se ha revelado en Jesucristo, es el Dios del amor, de la misericordia y de la justicia con los pobres. El mismo Dios, encarnado en Cristo, se ha hecho pobre en caridad-amor fraterno con los pobres y nos llama a todos sus seguidores, a la iglesia con todos sus miembros, a vivir esta pobreza evangélica.

Como subraya el Papa en su mensaje, "no olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45). Sigamos, pues, el ejemplo de San Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida” (n. 4).

Esta es la clave y el corazón de la opción por los pobres como iglesia pobre que, como nos recuerda el Papa, muchas veces en la fe e iglesia y en el mundo no se ha terminado de asumir (cf. n. 3). Frente a todo paternalismo y asistencialismo, como nos muestra la historia de la iglesia con sus santos como Francisco de Asís, el amor y la auténtica caridad como Don (Gracias de Dios), entraña de la fe (cf. n.1), se realiza en esta vida de pobreza evangélica, fraterna y solidaria. Esto es, como nos transmite la tradición e iglesia apostólica que es norma para la fe (Hch 2, 45), la comunión de vida, de bienes y de servicio a la justicia con los pobres de la tierra; frente a los ídolos del poder y de la riqueza-ricos que explotan, empobrecen y oprimen a los pobres (St 2,5-6.14-17; cf. n. 2). En contra de esa caridad deformada por el asistencialismo paternalista, el Papa Francisco nos muestra esta vida de comunión, fraternidad y pobreza solidaria por la causa de la justicia con los pobres como sujetos protagonistas de su desarrollo y promoción liberadora e integral. Aquí está la clave ya que el Papa nos indica claramente las raíces y causas de la pobreza: el egoísmo con sus ídolos del poder y la riqueza-ser rico, del tener y poseer como idolatrías que produce la acumulación de los bienes, cada vez más, en menos manos. Lo que causa la desigualdad e injusticia creciente de la pobreza con esta falta de equidad en la distribución de los recursos, con un trabajo basura e indecente e injusticias sociales-globales que son el real y principal factor que genera la pobreza.

El Papa Francisco afirma que "la pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada. Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad" (n. 5).

Como nos enseñan las ciencias-estudios sociales y la propia doctrina social de la iglesia, existen una relaciones humanas y estructuras sociales de pecado. Unos sistemas políticos y económicos injustos, unos mecanismos comerciales y financieros perversos que cada vez más producen este obsceno abismo de desigualdad e injusticia entre ricos, cada vez menos y más enriquecidos, a costa de que los pobres estén de forma más extensa e intensa con mayor empobrecimiento. Y frente a lo anterior, si de verdad se quiere erradicar el pecado y las lacras de la pobreza o del hambre, en el seguimiento de Jesús el camino es la vida ética, espiritual y de fe que se realiza por el amor-caridad. Con la pobreza fraterna en solidaridad, paz y lucha por la justicia con los pobres de la tierra en los que, como en la Eucaristía, está presente Jesús Pobre-Crucificado (cf. n. 3). Es el camino de los santos que, como San Francisco de Asís o San Antonio de Padua (cuya memoria coincide con este mensaje), han vivido este ser iglesia pobre en fraternidad solidaria, paz y justicia liberadora con los pobres. En la liberación integral del mal, del egoísmo y pecado del poder y de la riqueza-ser rico que, como falsos dioses, devoran los bienes y existencia de los pobres, sacrifican la vida de las personas y pueblos en el altar del beneficio, del mercado y del capital.

Esta vida de santidad es la que nos va dando la auténtica felicidad y vida plena-eterna con la comunión del amor fraterno, de bienes y del compromiso por la justicia con los pobres; nos va liberando del vacío y del no-ser persona que es negada por el tener, el poseer y la codicia. Así ha sido la experiencia de todos estos santos y testimonios de la fe. En palabras de San Juan de la Cruz, "para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada" (Monte de perfección, 5). Como afirma esta frase atribuida a Carlos de Foucauld, "no sé si habrá alguien que pueda contemplarte en el pesebre y seguir siendo rico: yo no puedo". Es la vida en "pobreza contra riqueza; oprobrio o menosprecio contra el honor mundano; humildad contra la soberuia; y destos tres escalones induzgan a todas las otras virtudes...Por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobrios con Cristo lleno dellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo" (San Ignacio de Loyola, EE 146, 167).

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