contenido del Acceso y su relación con las regulaciones escolares, los contenidos de enseñanza, las fuentes y las metodologías de enseñanza, así como la propuesta que defiende el anónimo autor del Acceso de los filósofos a las siete artes liberales, donde podemos hacernos una idea del currículo del estudiante de filosofía, los autores y los textos de referencia directa e indirecta tales como Boecio, Euclides, Claudio Ptolomeo, Marciano Capela, Platón, Calcidio, el pseudo Cicerón, Mario Victorino, Al-Fârâbî, Aristóteles, Isidoro de Sevilla, Isaac Israeli, Domingo Gundisalvo, Pseudo Dioniso Areopagita y Juan de Sacrobosco.

La tercera parte, III. Maestro de artes de París, Acceso de los filósofos a las siete artes liberales (pp. 221-316) presenta tras una introducción propiamente del texto, la traducción, los orígenes y su estructura. Se trata de una traducción enriquecida por unas notas a pie de página que sirven de guía para la lectura del lector.

La obra culmina con unos Anexos (pp. 319-346): una nutrida Bibliografía, un muy útil Glosario de términos técnicos y la Tabla de nombres propios.

En fin una obra que tiene el valor de traer la traducción de una obra que constituye un valioso testimonio de la formación filosófica medieval envuelta en un amplio y preciso, a la vez, estudio que permite adentrarnos en la arquitectónica de los saberes de su tiempo, pues todo currículo formativo constituye un tratado explícito de epistemología y una guía de la orientación filosófica del momento. No cabe, sino, por último, felicitar a la Editorial Sindéresis por su valiosa contribución, su cuidada edición, que no hace sino acompañar al brillante texto que Antonio Bordoy nos ha brindado.

Manuel Lázaro Pulido UNED

Enrique CORTI, Oír, entender, argumentar. Lectura de Proslogion y De Grammatico de Anselmo de Canterbury, Buenos Aires, Miño y Dávila editores (Colección “Lejos y cerca”), 2016, 304 pp. ISBN: 978-84-16467-26-6, 304 pp.

Luego de haber expuesto las pruebas a posteriori acerca de la existencia de Dios, el monje benedictino del siglo XI, Anselmo de Canterbury, se propuso hallar un argumento autosuficiente que permitiera demostrar Su existencia; tal ha sido el objetivo en Proslogion (1077-1078).

En el libro que reseñamos, Enrique Corti retoma la cuestión de este último opúsculo anselmiano al centrarse en la temática del unum argumentum, a la par que plantea una exégesis particular que tiene en cuenta el contexto amplio en el cual dicho argumento se inserta. Es por ello que incursiona en el texto de Proslogion con el propósito de indagar la génesis del argumento y de mostrar el paralelismo estructural existente con la obra precedente, Monologion (1076), así como también su sintonía con el tratado De Grammatico (ca. 1080), puesto que, tal como interpreta el Autor, la totalidad del pensamiento anselmiano está profundamente ligado a la consideración del lenguaje, la significación y las categorías lingüísticas.

El libro se articula alrededor de las cuidadas traducciones al castellano de Proslogion y De Grammatico que nos llegan de la mano de este Autor y de Antonio Tursi, respectivamente. Ambas están precedidas por dos meritorias investigaciones que el propio Corti, versado en hermenéutica textual, ofrece de las mencionadas obras del Arzobispo de Canterbury, además de incluir el texto original en latín y un glosario de términos clave para la comprensión del vocabulario anselmiano.

Corti dedica la primera de estas investigaciones al examen de Proslogion. En dicho estudio delinea una serie de comparaciones con el opúsculo Monologion, señalando las diferencias en el modo de composición y advirtiendo en aquél una mayor concentración lógico-lingüística y un progreso epistemológico, al abandonar la consideración de un entramado de múltiples argumentos y concentrarse en la temática del argumento único, más acorde con la concepción de un Dios único sobreeminente. Al mismo tiempo, sostiene que ambas obras constituyen hitos significativos en el recorrido espiritual de San Anselmo, principalmente porque configuran su programa especulativo o teológicofilosófico que se condensa en la expresión fides quaerens intellectum.

Seguidamente, el Autor realiza un análisis del lenguaje en los cuatro primeros capítulos de Monologion remitiéndose al estudio de las argumentaciones que concluyen en la existencia de Dios (que es mencionado como summum omnium), cada una de las cuales se construye a partir de una categoría específica, a saber: bonum (capítulo I), magnum (capítulo II), aliquid (capítulo III), ens (capítulo IV). Así, en los primeros dos capítulos Anselmo argumenta en favor de la existencia de algo sobreeminente (summum) que, siendo bueno (bonum) y mejor (melius/magnum) en el más alto grado, se convierte en algo óptimo. Mientras que, en la segunda dupla hace referencia a la naturaleza de las cosas (aliquid) y a los diversos grados de disparidad en su dignidad entitativa (ens). Por último, la lectura secuencial de los capítulos I-IV concluye en la determinación de un horizonte categorial común: sobreeminente, es decir, lo único que es único. Dicha secuencia lineal (bueno, grande, algo, ente) culmina en el nivel participial en tanto reúne el adjetivo (bonum) y el sustantivo (aliquid) en su índole sintáctica de forma verbal. En el plano semántico el participio tiene oculta la razón clave en la argumentación anselmiana, ya que, según Corti, contiene latente en su gramaticidad indicial aquello “único” que Anselmo busca. Tal indicialidad es superada por Anselmo en Proslogion al suplantar, en el momento del excessus, la fórmula indiciaria que permite pensar a Dios como “algo” (“aliquid quo maius cogitari non potest, ut nec cogitari possit non esse”) por la otra fórmula “aquello mayor que lo que pueda pensarse” (“quiddam maius quam cogitari possit”). De este modo, descubrir el participio como forma impersonal del verbo y exceder su acumulación de sentidos (adjetivo, sustantivo y verbo) es lo que lleva a Anselmo a encontrar el unum argumentum. Este momento de transformación en beneficio de un argumento único se ve reforzado en Proslogion por la función categorial de “nihil” que, en el capítulo II, cumple el cometido de término de comparación potenciador referido al vocablo Dios con función interdictora, capaz de denunciar cualquier forma de idolatría. Es decir, por un lado, “nihil” saca a Dios de la cima de la comparación gradual y ascendente desarrollada en Monologion y, a la vez, garantiza que el proceso o búsqueda de la comprensión de Dios no culmine nunca.

Asimismo, Corti se refiere a la distinción semántica entre significación (significatio) y apelación (appellatio) enunciada por Anselmo en su tratado De Grammatico, distinción que proviene de un detallado análisis del lenguaje en su uso común y coloquial –usus communis locutionis– y en su uso descontextualizado o propio de una eadem significatio usus non communis locutionis–. De este modo, sostiene que existe, para el filósofo medieval, un paralelismo entre dichas nociones y aquellas de significación per aliud, vel significatio diversa –que denomina appellatio– y de significación per se, vel significatio univoca –que es la que propiamente llama significatio–. Esta dupla de nociones señala el camino especulativo en Monologion cuando Anselmo trata de abordar racionalmente –sola ratione– la temática de los atributos divinos. En efecto, esta obra se resuelve en una estructura especular donde la via per se (o por las propiedades de la esencia divina) luego de conducir en una doble dirección la reflexión anselmiana –es decir, desde los atributos divinos al sujeto de atribución y, en sentido inverso, desde ese mismo sujeto hacia los atributos en un movimiento de manifestación o autodonación– es sucedida por la via per aliud o via desiderii, vía indirecta que preserva la posibilidad del discurso sobre lo sobreeminente y, a la vez, la inefabilidad de lo sobreeminente mismo, puesto que la vía directa o vía del juicio ha conducido a un oxímoron entre lo inefable y sus nombres.

En Proslogion, en cambio, Anselmo expone una vía única –tal como único es el argumento– que asevera la remota distancia que separa a Dios de la percepción humana. Puesto que no hay una vía indirecta en esta obra, se expone un único camino jalonado por tres nombres de Dios que enmarcan tres denominaciones suyas (i.e. de acuerdo con la distinción propuesta por M. Corbin, el Nombre I exhibido en el capítulo II: “aliquid quo maius nihil cogitari possit”; el Nombre II: “Summum omnium”, que se despliega a través de denominaciones concretas en la sección V-XIV y el Nombre III: “quiddam maius quam cogitari possit”, que se encuentra en el capítulo XV). Cabe señalar que para el monje de Bec –siguiendo el ejemplo de pseudo-Dionisio en su De divinis nominibus– tanto los nombres como las denominaciones concretas que se atribuyen a Dios son términos acuñados desde la finitud humana y, como tales, son absolutamente inadecuados a la naturaleza divina. Por ello, el acto de denominación presenta dos momentos: uno afirmativo y de eminencia a partir de las perfecciones donadas por Él a sus creaturas, y otro de negación por trascendencia, a causa de que Dios es otro respecto de todas sus creaturas y, por lo tanto, está “sobre” (“supra”) y “fuera de” (“extra”) todas ellas. Según Corti, la Imago Dei es renovada en Proslogion por la fe a través del unum argumentum que, al operar como interdictor, elimina todo atisbo de idolatría –ya que aquello que el insipiente niega no es Dios sino un ídolo– e impulsa a reanudar la búsqueda. Del mismo modo, sostiene el Autor que aquel opúsculo recurre a un procedimiento racional de índole comparativa desde la creatura y negativo por trascendencia a partir del Nombre I (“aliquid quo maius nihil cogitari possit”); comparativo: en la medida que recurre a “maius” como término poliádico que requiere siempre dos elementos para comparar y, negativo: porque el término de comparación final es “nihil”. Así, el Nombre I, por sus características y por contener el vocablo “nihil”, se convierte en eje y fundamento del unum argumentum.

A propósito de la expresión contenida en el Nombre I: “aliquid quo nihil maius cogitari possit” Corti señala que el uso del modo verbal subjuntivo en dicha fórmula presupone la locación a un intelecto racional humano genérico y establece una serie de relaciones con dos expresiones similares exhibidas también en el capítulo II de Proslogion, pero que, esta vez, aparecen en presente de modo indicativo –i.e. las expresiones: “aliquid quo maius cogitari nequit”y“aliquid quo maius cogitari non potest”–. En estas expresiones las formas “nequit”/ “potest” –ambas en presente de indicativo–se refieren a la persona concreta que comprende que aquello que está en su entendimiento está necesariamente también más allá de su entendimiento y de su persona –es decir, que existe también en la realidad–. De esta manera, el unum argumentum pasa desde el subjuntivo al indicativo, desde una presencia creída y confesada (“credimus te esse aliquid maius quo nihil cogitari possit”) a una presencia percibida como imposible de negar (“Existit ergo procul dubio aliquid quo maius cogitari non ualet, et in intellectu et in re”).

Por otro lado, de las diversas expresiones o fórmulas lingüísticas que Anselmo utiliza en conexión sintáctica y semántica con el Nombre I se siguen cuatro grandes momentos argumentales en Proslogion, a saber: Gradación (gradatio), momento que se inicia con la expresión “mayor que lo cual algo puede pensarse”, es decir, a partir de la consideración de aquellas cosas que admiten comparación en virtud de compartir una propiedad común –en este caso el término “mayor [que]”–, para llegar en esa serie comparativa hasta su grado máximo: aquello respecto de lo cual nada puede pensarse mayor; circuito (circuitus), momento que concierne a la expresión “algo mayor que lo cual nada puede pensarse”, en donde el término “nihil” cumple la función de potenciar el proceso de deconstrucción de representaciones idolátricas de Dios, lo cual exige que el argumento no se detenga en ninguna de ellas; indicio (indicium), etapa que hace alusión al enunciado “algo mayor que lo cual nada puede pensarse, de modo tal que ni pensarse pueda que no es”, que genera un circuito indiciario y da la impresión de que es posible pensar a Dios precisamente como “algo”, a saber, “mayor que lo cual no puede pensarse”; por último, esta etapa indiciaria es superada por aquella otra del exceso (excessus) reflejada en el Nombre III “algo mayor que lo que pueda pensarse”.

Seguidamente, Corti agudiza su análisis acerca de la eficacia operativa del argumento, eficacia que consiste en que la gradatio o comparación se establece en un vínculo de relación entre algo indicado por una deíxis “id” (“aliquid”) y un término de comparación negativo “nihil”. Así, la expresión anselmiana “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse” satisface, según el Autor, dos requerimientos argumentales: por un lado, cierra la comparación de grados dando lugar a un circuito y, por otro, prepara la apertura de dicho circuito hacia el exceso. Luego, se inaugura otra instancia de la argumentación que no es ya comparativa sino indiciaria. En este nuevo momento, Dios no sólo es “aquello mayor que lo cual nada puede (potest) pensarse”, sino que es en realidad “de modo tal que ni pensarse pueda (possit) que no es”. La alternancia del indicativo al subjuntivo es característica de este momento indiciario (o deíctico) que absuelve al argumento de cualquier comparación. En esta instancia es posible señalar deícticamente –es decir, directa y positivamente– aquello que antes el argumento había obtenido como sujeto indirecta y negativamente asequible por el pensamiento (i.e.: “aquello mayor que lo cual nada puede pensarse”). Corti hace referencia a la fórmula “hoc es tu, domine deus noster” del capítulo III de Proslogion como aquella expresión que permite pensar a Dios deícticamente. Al mismo tiempo, el Autor infiere que si el argumento anselmiano se detuviese en esta instancia merecería la denominación de ontoteológico, puesto que alcanzaría a Dios deícticamente como un ente absoluta, directa y positivamente mayor – maius omnibus– quedando en ese momento desnaturalizada la interdicción de la idolatría. Para garantizar el monoteísmo y la teolatría, Anselmo debió abandonar la instancia deíctica y dar el inconmensurable salto hacia el excessus. De modo que, Corti sostiene que el pensamiento anselmiano no queda ligado a una concepción ontoteológica porque considera que Dios no sólo es “aquello mayor que lo cual no puede pensarse” sino “algo mayor que lo que pueda pensarse” (“quiddam maius quam cogitari possit”). En tal sentido, para Anselmo Dios es impensable y únicamente puede ser indicado por el gesto de la deíxis. El insipiente puede decir en su corazón “deus non est” porque ha pensado lo impensable sin ir más allá de la reificación del signo, produciendo, de este modo, un ídolo.

El monje Gaunilo, quien presenta una objeción contra Anselmo y a favor del insipiente, falsea el argumento anselmiano; al sostener la equivalencia entre las fórmulas “aliquid quo maius cogitari non potest”y“maius omnibus” convierte el quid deíctico en un quid entitativo positivo desdibujando un ser único en la univocidad genérica.

Respecto de este tema, Corti restituye el espíritu del pensamiento anselmiano al reafirmar la diferencia entre ambas fórmulas y la consecuente imposibilidad de asumir el unum argumentum como ontológico. En efecto, en el capítulo II del presente libro, el Autor rechaza la posibilidad de calificar de “ontológico” al argumento anselmiano. Al respecto, alega que lejos de partir de un concepto, el argumento único renuncia a cualquier conceptualización de Dios, resolviendo la imposibilidad de saber más acerca de Él y la necesidad de la vía desiderativa del amor.

A continuación, Corti se aboca al estudio de los tres tópicos desarrollados en los textos Liber Gaunilonis y su correspondiente Responsio editoris. Dichos tópicos giran en torno a las siguientes duplas de conceptos: cogitare intelligere, que se ocupa de la univocidad o equivocidad del operador cogitare (pensar), término que para Anselmo no presupone necesariamente la asunción de ningún juicio de existencia y, por tanto, no es atribuible del mismo modo a Dios y a la creatura. Es por ello que en el ámbito de cualquier esencia es posible pensar la inexistencia y, a la vez, saber ciertamente que algo existe, a excepción de “[algo] mayor que lo cual no puede pensarse”, noción en la que pensar la no existencia genera una contradicción absoluta. Vox significatio, tópico que hace referencia a la discusión con Gaunilo en torno a si la vox “[algo] mayor que lo cual no puede pensarse” posee realidad objetiva in intellectu. Con respecto a esta temática, Anselmo sostiene que el que oye, entiende lo que oye y, por lo tanto, está en el intelecto (esse in intellectu). Por último, se refiere a la dupla existentia essentia, tópico que trata acerca del carácter atributivo de existentia (existencia) en el marco de un argumento.

Seguidamente el Autor se introduce en el estudio de De Grammatico, puesto que infiere que dicha obra elabora operadores categoriales ya utilizados en Proslogion. En efecto, en aquella obra San Anselmo se ocupa de averiguar si el parónimo grammaticus es una sustancia o una cualidad (“Utrum grammaticus sit substantia an qualitas”), por lo que debe afrontar una aparente divergencia entre la teoría de la paronimia desarrollada por Aristóteles, quien –en su tratado sobre las Categorías– afirma que se trata de una cualidad, y la posición de Prisciano, según la cual grammaticus es una sustancia. Anselmo recurre a la distinción entre significatio y appellatio para resolver la cuestión, llegando a la conclusión de que tal denominativo significa una cualidad aunque apela una sustancia. Por su parte, la temática de De Denominativis es solidaria con la cuestión de De Grammatico, puesto que guarda relación con la equivocidad predicamental –i.e. “Si una y la misma cosa puede ser de diversos predicamentos”–.

En síntesis, en este estudio Corti lleva a cabo una relectura hermenéutica de carácter estructural del tratado, proponiendo sobre el texto un conjunto de tópicos que ofrecen una base de lectura y que exponen las condiciones necesarias para su exégesis.

Sólo resta añadir que el medievalista argentino Enrique Corti ha examinado con singular penetración los textos de San Anselmo de Canterbury, autor que puede ser considerado el leitmotiv fundamental de su pensamiento. El presente libro, acogido en la colección “Lejos y cerca” dirigida por Silvia Magnavacca, es fruto de esta intensa investigación y ofrece al lector un excelente análisis de ambos opúsculos anselmianos, a la par que allana el camino para una mejor comprensión de la dinámica que estructura nuestro lenguaje.

Martina E. Mazzoli Universidad Nacional de Rosario

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